Por Qué No Eres Quién Crees Que Eres o El Increíble Poder de las Identidades (I)

 

Aunque nunca me he considerado un genio, siempre he pensado que se me daban bien las matemáticas.

Eso no quita que al empezar la carrera, rezara para que el odioso Cálculo no se me atragantara durante cuatro años como a tantos otros. Pero para mi sorpresa, a mediados del segundo año de carrera tenía ya aprobadas todas las temidas asignaturas del departamento de Matemáticas Aplicadas. Fue una especie de ecuador de mi paso por Ingeniería Técnica Informática.

Pues bien, resulta que el otro día tuve un flash de un recuerdo de mi infancia en el que entendí porqué siempre se me han dado bien las matemáticas. En este recuerdo tenía unos 10 años y me encontraba precisamente en clase de matemáticas. Acabábamos de empezar el primer curso de segundo ciclo, con nuevos compañeros y nuevos profesores por cada asignatura. Todavía recuerdo como nos estábamos haciendo al cambio, a los nuevos profesores que no conocíamos aún y a ser tratados como “mayores”.

Esa mañana me tocó salir a la pizarra a resolver un problema de álgebra, algo relacionado con triángulos y el teorema de Pitágoras. No recuerdo exactamente de qué iba, pero recuerdo que lo hice como yo creía que era, sin estar muy seguro si sería así o no, sólo sabiendo que para mí tenía sentido. Hay que aclarar que mi relación con las matemáticas hasta entonces era más bien neutral, ni me gustaban ni me desagradaban, ni se me daban muy mal, ni se me daban muy bien. Pero todo eso estaba a punto de cambiar.

Porque cuando acabé de resolver el problema, la profesora salió a la pizarra y sorprendida empezó a elogiarme por lo bien que lo había razonado y resuelto. Creo que era la primera vez que un profesor me elogiaba. Pero no sólo hizo eso enfrente de toda la clase, sino que cuando acabó el día se tomó el tiempo de ir a buscar a mi padre a la salida del colegio y hablar con él para decirle “el niño tan inteligente que tenía, lo bien que se le daban las matemáticas, y lo bien que había planteado y resuelto ese problema”. Como podrás imaginar, yo estaba completamente alucinado.

Ahora sé que ese fue el punto de inflexión desde el que empecé a considerar que las matemáticas se me daban bien, creencia desde la que he seguido operando el resto de mi vida. Con el resultado de que, efectivamente, se me han dado bien las matemáticas.

Pero… ¿qué ocurrió ese día? ¿Por qué realmente se me han dado bien las matemáticas?

La búsqueda de una identidad

Como ya hablamos en el anterior artículo, esto no es más que un ejemplo perfecto de neuroplasticidad puesto en práctica.

Especialmente en edades tempranas, uno de los trabajos de la mente es formar una auto-imagen de nosotros mismos como parte de nuestro «yo» cognitivo o ego. Esta auto-imagen está compuesta por diferentes identidades que absorbemos de nuestro entorno, por lo general de figuras influyentes como padres, amigos, profesores… pero también de las diferentes experiencias y vivencias que tengamos y de la forma en que las interpretemos.

Pongamos por ejemplo la siguiente situación: Vas por la calle y te encuentras casualmente con un compañero de trabajo que va paseando con su hijo pequeño. Os paráis, os saludáis, le dices “hola” al niño y el típico “¡hay que ver que grande está ya!” a los padres y os ponéis a hablar de esto y de lo otro. Cuando os despedís, los padres le dicen al niño que te de un beso y te diga adiós, a lo cual el niño se niega en redondo, refugiándose en la pierna de su madre. Los padres entonces para salir del paso de verse avergonzados porque su hijo no hace lo que a ellos les gustaría, dicen aquello de “¡ay! es que es un poco tímido”.

Frases que puedan parecer tan inocentes como esa no lo son realmente. Una sentencia de identidad que provenga de una fuente influyente, como son los padres a esas edades, tienen una gran repercusión. Con el tiempo y las suficientes repeticiones hay una alta probabilidad de que el niño de forma inconsciente acabe absorbiendo esa identidad creada sobre si mismo y pase a incorporarla como parte de su auto-imagen. El siguiente paso para él es aprender cómo se ve “ser tímido” para tener un modelo de cómo comportarse y poder ponerla en uso.

Ahora bien ¿era realmente ese niño tímido porque no quiso darle un beso a alguien que no conocía? Si lo viéramos jugando e interactuando con otros niños en un parque seguramente no nos parecería tímido en absoluto.

¿Cuáles son tus identidades?

Este es un proceso al que hemos estado sujetos y que hemos venido haciendo durante toda nuestra vida, hasta que finalmente hemos acabado con una auto-imagen de nosotros mismos que creemos que es completa y precisa.

Yo soy así, pero no soy «asao». A mi me gusta esto, odio esto otro. Soy bueno con las matemáticas. Soy tímido. Soy malo recordando cosas. Soy gracioso. Soy un follón. No se puede confiar en mí. Soy delgado. Termino lo que empiezo. Le caigo bien a la gente. No tengo gracia. Soy leal. Soy serio. Me da miedo la gente. Se me da mal el deporte. No soy muy creativo. Soy comprometido. Soy irresponsable. Soy fuerte.
Para nuestra mente estas identidades son un reflejo fiel de la realidad. Pero en realidad lo que ocurre es el proceso opuesto: creamos nuestra realidad como un reflejo de nuestras identidades y creencias sobre nosotros mismos. Con el tiempo, estas creencias van modificando, neuroplasticidad mediante, conexiones y neuronas en nuestro cerebro, dando forma al abanico de opciones que tenemos disponibles en cada situación y determinando por completo cómo las afrontamos, cómo actuamos y quiénes somos interactuando con otras personas.

Pero el truco aquí reside en que ninguna de estas identidades son por completo verdad.

Yo no soy inherentemente bueno con las matemáticas, es decir, no nací siendo ya bueno con las matemáticas. Tan sólo tuve la suerte de que alguien con influencia creara esa identidad para mí en un momento en que yo la asumí como mía. En otras palabras, a partir de ese momento me lo creí lo suficiente para hacer que se haya convertido en una realidad para mi.

Si ahora miro hacia atrás en el tiempo, efectivamente podría afirmar que se me han dado bien las matemáticas porque puedo encontrar evidencias a lo largo de los años que apoyan esa creencia sobre mi mismo. Pero lo gracioso es que si busco bien también podría encontrar evidencias que demuestren lo contrario, que no se me han dado bien las matemáticas, porque existen igualmente.

Esto me demuestra que no es una verdad inamovible, sino la forma en que yo he elegido verlo. De igual forma, si de repente me diera por creer que no soy bueno con las matemáticas (por ejemplo con una creencia de vejez mental inducida: “me he ido oxidando de no practicar con los años”) también podría encontrar evidencias que apoyasen esa nueva identidad (“ya no calculo tan rápido”, “me cuesta entender conceptos que antes no me costaban”, “necesito tirar de calculadora a cada momento”, etc).

Se produce una efecto interesante aquí que conviene resaltar, ya que será clave para la segunda parte de este artículo. Aunque objetivamente existan evidencias de todo tipo (situaciones en las que se me han dado bien las matemáticas y situaciones en las que se me han dado fatal), debido a nuestras creencias e identidades, se produce un filtrado selectivo que sólo deja pasar aquellas evidencias que refuercen nuestras creencias, filtrándose todas aquellas que no las soportan. A la vez, estas evidencias que pasan el filtrado son usadas por nuestra mente para reforzar esas identidades que ya tenemos.

Es decir, me cuesta mucho más trabajo encontrar las evidencias que prueban que no soy bueno con las matemáticas ya que internamente pienso que sí que lo soy. Pero eso no significa que no existan.

Rediseñándonos para el éxito

Es cierto que en la infancia y adolescencia tenemos una mayor predisposición a absorber identidades, así que si eres padre o madre al loro con esto porque eres una fábrica de potenciales identidades para tus hijos. Pero esas identidades no son ni más verdad ni más permanentes que cualquier otra identidad que quieras adoptar en edad adulta. La capacidad de reconfigurar nuestro cerebro gracias a la neuroplasticidad está en continuo funcionamiento durante todo nuestro tiempo de vida, así que literalmente nunca es tarde para crear nuevas identidades y descartar las antiguas que ya no nos sirven.

Así que la buena noticia de todo esto es que estamos continuamente redefiniéndonos con nuestros pensamientos y con las identidades que nos auto-asignamos. En otras palabras: no tienes porque ser quién hasta ahora has venido creyendo que eras (¡sobre todo si eso te limita de alguna forma!).

De hecho una de las ventajas de ser adulto es que ahora podemos hacer un mejor uso de la consciencia para saber qué identidades podríamos adoptar que nos ayuden a ser una mejor versión de nosotros mismos y conseguir nuestra Vida Extraordinaria y qué identidades antiguas están ya desfasadas y nos están limitando en nuestro camino para conseguir lo que queremos.

Usa esa consciencia para rediseñarte a ti mismo con las identidades que te van a garantizar alcanzar lo que quieres y ser la persona que aspiras a ser. En la segunda parte de este artículo hablaremos sobre cómo hacerlo.

De momento, ¿cuáles son algunas de tus identidades limitantes? Deja un comentario y comparte.

Escrito por:

Victor Espigares

Bestselling author, startup founder, multi-passionate entrepreneur, contemporary dancer, and dad in progress. I help passionate makers and entrepreneurs thrive and grow to enjoy a Remarkable Life.

6 Comentarios

  1. Erika

    Muchas gracias, me ha encantado y me parece muy acertado la verdad de las identidades, sobre todo las personas que estamos educando hijo-as.

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  2. Cristina

    En respuesta a Erika.
    Muy interesante, y sobretodo muy alentador saber que podemos superar esas limitaciones que nos paralizan.
    Creo que todos los ejemplos que has puesto los tengo, así que tengo trabajo! 😉

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  3. Victor Espigares

    En respuesta a Cristina.
    Genial Cristina! Me alegro que te inspire!

    Todos tenemos el rango completo de formas de ser en nosotros. Otra forma de entender las identidades es como si fuera una lupa que aumenta o magnifica algunas de ellas. Lo que ahora sabemos es que podemos elegir donde ponemos la lupa 😉

    Un abrazo!
    Victor

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  4. Victor Espigares

    En respuesta a Erika.
    Gracias a ti Erika!

    Criar a nuestros hijos es una responsabilidad en muchísimos sentidos, pero este puede ser uno de los aspectos que mayor impacto cause en sus vidas, así que traer consciencia a cómo nos relacionamos con ellos, desde qué identidades, etc… es imprescindible.

    Un abrazo,
    Victor

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  5. Jorge

    Buenas palabras.Solo decir que haciendo las mismas cosas no es posible resultados diferentes.Gracias y un saludo para todos.

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  6. Sandra

    Muy buen artículo, bien explicado. Esto me ha hecho pensar que en ocasiones debemos ir al pasado, cuando eramos más inocentes y puros, para volver a reconfigurar nuestra mente y reencontrarnos con nosotros mismos, con quien somos, que nos gusta, con que y quien nos sentimos bien. El paso del tiempo, las circunstancias, la velocidad de la vida hace que dejemos de escucharnos. Un saludo.

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