Mi Día a Día Entrenando Artes Marciales en una Remota Isla

 

Mucha gente me pregunta sobre mi aventura en Filipinas. Además de escribir el primer manuscrito del que sería mi primer bestseller, la principal cuestión es qué hacía y cómo vivia en aquella isla.

Para mi, cuando pienso en entrenar artes marciales en una isla remota inmediatamente me vienen a la mente imágenes de Goku entrenando con el Maestro Muten Roi o de Karate Kid dando cera, puliendo cera.

La verdad es que no fue exactamente así, aunque si que hubo cientos de miles de repeticiones, kalis rotos y callos semi-permanentes en mis manos.

Pero vayamos paso a paso con mi día a día en aquella aldea perdida de Filipinas.

Cada día de la semana me despertaba de forma natural sin despertador con el amanecer, que venía a ser entre las 5:30 AM y las 6:00 AM. El jet-lag me duró más de la cuenta, no en forma de insomnio sino en forma de sueño irregular. A lo mejor me despertaba a las tres de la mañana y no me podía dormir en unas horas. Una vez pasó el jet-lag me solía acostar al poco de ponerse el sol y me levantaba de forma natural cuando el sol salía. Lo de despertarme con el amanecer era porque no había ningún tipo de cortinas ni persianas en mi cabaña, y lo de acostarme al anochecer era por dos motivos: 1) acababa reventado cada día y 2) no había nada mejor que hacer por las noches.

A las 8:00 AM me traían el desayuno: un bol de arroz blanco con huevo y salchichas fritas. Mi dieta era básicamente arroz acompañado de algo (pescado, carne…) y en cada comida, incluido el desayuno, siempre estaba presente el bol de arroz blanco. La verdad es que me acostumbre muy rápido a comer arroz en cada comida y se convirtió un poco en el sustituto del pan occidental. Hoy sé que para el ritmo de entrenamiento que llevaba, comía poco, razón por la que bajé de peso 3 kilos, pero allí sin poder pesarme era imposible de decir.

Mi súper cabaña rústica estaba en primera línea de playa, así que desayunaba delante del mar normalmente escribiendo y en otras ocasiones leyendo, disfrutando de las primeras horas del día y viendo a los pescadores y a los niños ir a la escuela por la playa. Los pescadores solían salir cada noche de madrugada a pescar y volvían para el amanecer que era cuando se ponían a vender el pescado directamente en la playa.

Después de desayunar, me preparaba para empezar el entrenamiento de por la mañana. Creo que siempre voy a tener grabado en mi cabeza las voces de Joseph, mi primer instructor, y de Jeff, mi segundo, llamándome cada día durante aquellos tres meses: “Vic! training time!”.

Entrenábamos hasta la hora de comer. Normalmente por la mañana eran los entrenamientos más duros, de repetición y de machacar hasta que todo salía bien. Solía ser entrenamiento con los kali, dos cañas de madera de ratán, una madera especial filipina que no se astilla, con los que se practica este arte marcial filipino. Creo recordar que las ampollas me empezaron a salir como al tercer o cuarto día. El problema no eran las ampollas en las manos de coger los kali durante horas, día tras día. El problema era tener que volver a cogerlos al día siguiente, que era cuando dolía. Recuerdo que las manos se me endurecieron, pero también recuerdo que me siguieron saliendo callos en diferentes sitios hasta el último mes. Básicamente, aprendí a vivir con ello.

Después de entrenar, me daba mi riguroso baño en el mar y aprovechaba para desconectar un poco. A veces había medusas con las que poder jugar (solía evitarlas hasta que unos niños me enseñaron a cogerlas y lanzarlas) y otras veces sólo dejaba que mi cuerpo descansara meciéndose con las olas. No te equivoques, no era la típica playa de turistas ni mucho menos. De hecho, era el único extranjero en muchos kilómetros a la redonda (y por tanto la atracción cada vez que iba al pueblo, claro). Más bien era la típica playa de pescadores, nada cuidada, con restos de sus aparejos por ahí, etc. Allí el mar no era considerado una atracción de ocio, sino un medio de vida.

Después de comer el omnipresente arroz acompañado de algo al medio día, me daba lugar a echarme una pequeña siesta para reponer fuerzas y vuelta a entrenar de nuevo por la tarde hasta que cayera el sol (“Vic! training time!”). Los entrenamientos de por la tarde eran más divertidos, por lo general eran combinaciones de movimientos, llaves, derribos, luxaciones, etc. Esta vez con los kali, o con cuchillo o sin armas, a mano vacía.

En total entrenaba al día entre 6 y 8 horas. De este régimen de entrenamiento diario descansaba los miércoles y los domingos. Esos días pensarás que los aprovechaba para hacer turismo, con eso de que estaba en un país exótico asiático a doce mil kilómetros de casa y tal. Pero la realidad es que invertía esos días en dormir, descansar y no hacer absolutamente nada. Eran oxígeno durante la semana de entrenamiento cuya única finalidad era permitirme recuperar la energía suficiente para volver a entrenar al día siguiente.

**Puedo decir que esos tres meses fueron lo más duro físicamente que he hecho nunca, con diferencia. **

De hecho, sólo el hecho de superar esos tres meses sin abandonar ni el entrenamiento ni a mí mismo en el proceso hicieron que muchas de mis antiguas auto-identidades acabaran por mutarse por completo.

El último día de entrenamiento fue el examen de cinturón, el momento de la verdad que llevaba temiendo desde el primer día, y que fue, por intentar resumirlo en una palabra, devastador.

En un momento concreto, mi cuerpo se descompuso tanto de la alta intensidad y el ritmo cardiaco, que estuve a punto de vomitar y que se me descompusiera la barriga. Al mismo tiempo.

Nunca he vuelto a tener esa sensación (y no estoy interesado en repetirla, la verdad). Fue como tener una bajada de azúcar a la vez que una bajada de tensión, pero llevado a un extremo muy extraño durante un escenario de alta intensidad, alto estrés y alta presión, en plan “no puedo parar”.

Honestamente, no sé como pude retener aquello y seguir. Todavía hoy no lo entiendo.

Pero lo hice.

Y conseguí terminar el examen.

Y luego me tumbé en la playa y lloré lágrimas de alegría.

Para los curiosos, parece ser que lo hice bien a pesar de aquello. Acabé con Cinturón Negro 1er Dan, un nivel por encima de cinturón negro que era mi objetivo.

Creo que probablemente se sintieron muy aliviados de no tener que contemplar el terrible show que mi cuerpo estuvo a punto de dar.

Pero por supuesto, toda lo del cinturón negro no significa nada realmente y sólo sirve para marcar una casilla en mi lista de “cosas a hacer” (siempre quise ser cinturón negro en algo de niño).

En realidad, el único “cinturón” que importa son aquellas cosas que practicas día a día.

Pero oye, mi ego se lleva una alegría de cuando en cuando cuando recuerda que es cinturón negro en algo.

Lo cuál es una buena recompensa para haber pasado tres meses de estar sufriendo callos y heridas.

Si quieres saber algo específico sobre mi día a día en aquella isla, déjame un comentario debajo.

Notas:

  • La imagen de portada de este artículo es uno de los increíbles atardeceres que tuve el privilegio de contemplar durante mi estancia en la Isla de Negros, Filipinas.
Escrito por:

Victor Espigares

Bestselling author, startup founder, multi-passionate entrepreneur, contemporary dancer, and dad in progress. I help passionate makers and entrepreneurs thrive and grow to enjoy a Remarkable Life.

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.