Cómo ir a entrenar artes marciales a Filipinas y acabar escribiendo un libro (casi) entero

Cómo ir a entrenar artes marciales a Filipinas y acabar escribiendo un libro (casi) entero

En noviembre del 2.012 viví mi primera mini-jubilación anticipada.

Decidí cumplir mi sueño de aprender artes marciales a fondo dedicándome en exclusiva y en cuerpo y alma a hacerlo.

Para ello, y gracias a tener mi proyecto en la red cubriéndome las espaldas, decidí liarme la manta a la cabeza y marcharme tres meses a 12.333 kilómetros de distancia, a una pequeña aldea de pescadores de una remota isla filipina.

Allí aprendería una variedad de Kali, un devastador arte marcial filipino, de manos del último descendiente vivo de la familia que creó esa variante (aquí puedes ver un vídeo de mi maestro en acción).

Suena a película de Karate Kid ¿verdad?

Aún no lo sabía, pero estaba sentando las bases de lo que luego acabaría denominando como El Factor Libertad.

Cuando pienso en esos tres meses me vienen una mezcla de sentimientos muy diversos.

Fueron tres meses muy intensos, tres meses que parecen casi una vida en mi recuerdo. Fueron meses de sobrepasarme en muchos aspectos, de alegrías, penas y soledad, de crecimiento personal, de fuerza de voluntad y de duros entrenamientos. Fueron tres meses que sin duda hoy me alegro de poder contar en mi experiencia de vida y que dieron para muchos aprendizajes personales, pero que no sé si repetiría.

Y tres meses que crearon el contexto perfecto para que retomara un antiguo proyecto que había quedado relegado en su día: escribir un libro sobre emprender en la red.

Pero no un libro cualquiera ni una forma de emprender en Internet cualquiera de las muchas que existen.

Sino un libro para todo aquel que quisiera ganar en libertad creando un lifestyle business como yo había hecho, es decir un proyecto/negocio/empresa que te permita tener y diseñar el estilo de vida que buscas. En definitiva, para poder vivir tus sueños como yo estaba a punto de hacer.

Nota: Al final del artículo podrás descargarte y leer los primeros capítulos de lo que se empezó a fraguar durante aquellos intensos tres meses.

No era algo que tuviera precisamente planeado (“me voy a ir 3 meses a entrenar artes marciales y voy a escribir un libro mientras”). Para nada. Pero si hoy reflexiono puedo ver claramente cómo acabó ocurriendo eso y porqué si hubiera seguido en mi día a día normal no habría escrito ningún libro, que creo que es precisamente mi aprendizaje aquí.

Déjame que te cuente primero como era mi día a día en aquella aldea perdida de Filipinas.

Mi día a día filipino

Cada día de la semana me despertaba de forma natural sin despertador con el amanecer, que venía a ser entre las 5:30 AM y las 6:00 AM. El jet-lag me duró más de la cuenta, no en forma de insomnio sino en forma de sueño irregular. A lo mejor me despertaba a las tres de la mañana y no me podía dormir en unas horas. Una vez pasó el jet-lag me solía acostar al poco de ponerse el sol y me levantaba de forma natural cuando el sol salía. Lo de despertarme con el amanecer era porque no había ningún tipo de cortinas ni persianas en mi cabaña, y lo de acostarme al anochecer era por dos motivos: 1) acababa reventado cada día y 2) no había nada mejor que hacer por las noches.

A las 8:00 AM me traían el desayuno: un bol de arroz blanco con huevo y salchichas fritas. Mi dieta era básicamente arroz acompañado de algo (pescado, carne…) y en cada comida, incluido el desayuno, siempre estaba presente el bol de arroz blanco. La verdad es que me acostumbre muy rápido a comer arroz en cada comida y se convirtió un poco en el sustituto del pan occidental. Hoy sé que para el ritmo de entrenamiento que llevaba, comía poco, razón por la que bajé de peso 3 kilos, pero allí sin poder pesarme era imposible de decir.

Mi súper cabaña rústica estaba en primera línea de playa, así que desayunaba delante del mar normalmente escribiendo y en otras ocasiones leyendo, disfrutando de las primeras horas del día y viendo a los pescadores y a los niños ir a la escuela por la playa. Los pescadores solían salir cada noche de madrugada a pescar y volvían para el amanecer que era cuando se ponían a vender el pescado directamente en la playa.

Después de desayunar, me preparaba para empezar el entrenamiento de por la mañana. Creo que siempre voy a tener grabado en mi cabeza las voces de Joseph, mi primer instructor, y de Jeff, mi segundo, llamándome cada día durante aquellos tres meses: “Vic! training time!”.

Entrenábamos hasta la hora de comer. Normalmente por la mañana eran los entrenamientos más duros, de repetición y de machacar hasta que todo salía bien. Solía ser entrenamiento con los kali, dos cañas de madera de ratán, una madera especial filipina que no se astilla, con los que se practica este arte marcial filipino. Creo recordar que las ampollas me empezaron a salir como al tercer o cuarto día. El problema no eran las ampollas en las manos de coger los kali durante horas, día tras día. El problema era tener que volver a cogerlos al día siguiente, que era cuando dolía. Recuerdo que las manos se me endurecieron, pero también recuerdo que me siguieron saliendo callos en diferentes sitios hasta el último mes. Básicamente, aprendí a vivir con ello.

Después de entrenar, me daba mi riguroso baño en el mar y aprovechaba para desconectar un poco. A veces había medusas con las que poder jugar (solía evitarlas hasta que unos niños me enseñaron a cogerlas y lanzarlas) y otras veces sólo dejaba que mi cuerpo descansara meciéndose con las olas. No te equivoques, no era la típica playa de turistas ni mucho menos. De hecho, era el único extranjero en muchos kilómetros a la redonda (y por tanto la atracción cada vez que iba al pueblo, claro). Más bien era la típica playa de pescadores, nada cuidada, con restos de sus aparejos por ahí, etc. Allí el mar no era considerado una atracción de ocio, sino un medio de vida.

Después de comer el omnipresente arroz acompañado de algo al medio día, me daba lugar a echarme una pequeña siesta para reponer fuerzas y vuelta a entrenar de nuevo por la tarde hasta que cayera el sol (“Vic! training time!”). Los entrenamientos de por la tarde eran más divertidos, por lo general eran combinaciones de movimientos, llaves, derribos, luxaciones, etc. Esta vez con los kali, o con cuchillo o sin armas, a mano vacía.

En total entrenaba al día entre 6 y 8 horas. De este régimen de entrenamiento diario descansaba los miércoles y los domingos. Esos días pensarás que los aprovechaba para hacer turismo, con eso de que estaba en un país exótico asiático a doce mil kilómetros de casa y tal. Pero la realidad es que invertía esos días en dormir, descansar y no hacer absolutamente nada. Eran oxígeno durante la semana de entrenamiento cuya única finalidad era permitirme recuperar la energía suficiente para volver a entrenar al día siguiente.

Puedo decir que esos tres meses fueron lo más duro físicamente que he hecho nunca, con diferencia. De hecho, sólo el hecho de superar esos tres meses sin abandonar ni el entrenamiento ni a mí mismo en el proceso, y superando el examen de cinturón con un grado más alto de lo que esperaba, hicieron que muchas de mis antiguas auto-identidades acabaran por mutarse por completo.

Y además conseguí escribir casi la totalidad de un libro entrenando tantísimo. ¿Cómo? Y lo más importante… ¿por qué?

Porqué escribir un libro entrenando artes marciales a tiempo completo

La razón por la que escribí las primeras 120 páginas de mi libro Móntatelo Por Internet no fue por puro capricho. Fue por una simple cuestión de supervivencia.

Una vez me vi allí integrado en la rutina diaria me di cuenta de que básicamente estaba viviendo en un régimen de retiro que no esperaba.

En el “resort” donde me alojaba, una forma un poco grandiosa de llamar a la serie de 9 o 10 cabañas rústicas construidas cerca de la playa, sólo estábamos viviendo 4 personas: mi maestro, mi instructor, la madre del maestro que dirigía el lugar y aquel loco extranjero que por alguna extraña razón había decidido irse allí a entrenar 3 meses, es decir, yo. Así que mi vida social era bastante limitada y exceptuando las interacciones con mi instructor no solía hablar con nadie más a lo largo del día.

Sumémosle a eso que la conexión a Internet era inusable. Había cierta cobertura con el modem 3G que encargué antes de llegar, pero una vez allí comprobé que sufría de continuos micro-cortes que hacían imposible cargar una simple página web. Finalmente conseguí apañármelas para poder chatear y ver el correo, pero todo en modo texto. Nada de poder navegar por páginas web de ningún tipo ni usar Skype ni ver Youtube ni ninguno de los lujos modernos de Internet.

Obviamente yo no contaba con aquello.

De haberlo sabido lo primero que hubiera hecho es llevarme un buen cargamento inagotable de películas, series y libros, en ese orden, y en general cualquier cosa con la que poder entretenerme. Pero no fue el caso para nada.

Cuando el entretenimiento no es una opción

Durante las primeras semanas, con lo motivado que iba, el entrenamiento era todo lo que ocupaba mi mente. Además de entrenar, en mi tiempo libre repasaba por mi cuenta o leía un libro sobre Kali que me prestaron y la verdad es que no necesitaba mucho más.

Pero al tiempo empecé a notar una necesidad en mí que no estaba cubierta y que aún sin ser por completo desconocida nunca me había parecido una necesidad tan primaria como en aquel momento.

Era la necesidad de crear algo.

Tenía que hacer algo, crear algo, canalizar mi energía mental y creativa, mi Energía Doer, en algo.

Lo sentía por dentro de tal forma que casi me ardía.

Era como una necesidad, de crear algo de aquella experiencia, algo que pudiera servir no sólo a mí sino a más personas. Pensé en empezar un blog y de hecho lo hice (se llamaba “Desafía lo establecido”) pero publicar artículos en aquellas condiciones tan rudimentarias hizo que lo acabara aparcando olvidado. Pensé en escribir un diario y de hecho lo hice, pero sólo escribí unos cuantos días y también se quedó aparcado. Pensé en grabar un videoblog cada día y de hecho lo hice, como prueba tengo 5 vlogs grabados que nunca verán la luz del día en donde se me puede ver super lleno de energía después de los entrenamientos del día (nótese la ironía).

Finalmente decidí retomar el antiguo proyecto de escribir un libro sobre emprender online, idea que tuve en su día y que quedó relegada al olvido entre otros muchos proyectos y obligaciones de mi día a día por aquel entonces.

Centré en ello toda mi creatividad y actividad intelectual. Empecé por leer lo que ya tenía escrito, unas veinte páginas que aún guardo. Decidí tirarlo todo a la basura y comenzar de nuevo desde cero: estructura, intención, capítulos… Y todo mi (poco) tiempo libre lo empleaba en eso. Mientras desayunaba escribía. Después de entrenar todo el día, escribía lo que podía hasta caer rendido. En mis días libres, escribía (y dormía). En cualquier hueco de mi agenda de entrenamiento me dedicaba continuamente a releer, borrar y escribir de nuevo. Y así durante tres meses.

El resultado fueron las 120 primeras páginas que dieron vida a Móntatelo Por Internet. Libro que no sería hoy una realidad inminente si no me hubiera tomado esta primera mini-jubilación.

¿Por qué digo esto?

Igual piensas que también lo podría haber escrito estando en mi rutina normal del día a día ¿no?

Que el entorno no fue verdaderamente determinante del resultado.

Y podría ser.

¿Casualidad o causalidad?

Pero lo curioso es que cuando volví a España, esas 120 páginas a punto de constituir el primer manuscrito del libro quedaron progresivamente aparcadas bajo la vuelta a la rutina, al ritmo de trabajo normal con VisualizeUs, otros proyectos y otras responsabilidades.

¿Resultado?

No volví a retomarlo hasta que me fui a vivir mi segunda mini-jubilación al año siguiente, esta vez cuatro meses a Tailandia, donde esa necesidad de crear algo volvió a aflorar como algo imperioso.

Curioso ¿verdad?

De hecho es más curioso todavía si me paro a pensar que las circunstancias que rodearon la creación de mi proyecto VisualizeUs también tienen características comunes, aunque no tan extremas como el caso de Filipinas (pero eso es motivo de otra historia).

Así que es curioso, pero no tanto si nos paramos a reflexionarlo.

Con el ritmo normal de la sociedad al que estamos acostumbrados y las miles de ofertas de entretenimiento diseñadas para consumir y ocupar nuestro tiempo libre, no sentimos la necesidad de canalizar nuestra creatividad porque se encuentra entumecida.

Cuando nos encontramos sin algo que tener que hacer en un determinado momento ¿que es lo más normal que hagamos? Encender la tele y consumir algo de entretenimiento. O coger el móvil y consumir algo. O coger la tablet y consumir algo. O con suerte, coger un libro y consumir algo.

La importancia de crear

Pero cuando estamos en un entorno donde todas esas cosas no están disponibles, aunque sólo sea por un breve espacio de tiempo como un fin de semana de detox tecnológica, de repente crear recupera la importancia que verdaderamente tiene en todos los seres humanos.

Somos seres creativos.

Todos nacemos creativos y somos creativos una gran parte de nuestra vida, hasta que la sociedad nos domestica.

No hay nada más que ver a los niños. Todos disfrutan de pintar, de dibujar, de cantar, de inventar historias, de bailar… pero luego los “domamos” y les hacemos creer que con la creatividad no se puede vivir en esta sociedad (lo cuál es mentira) y les enseñamos a reemplazar esa necesidad creativa por la consumición de entretenimiento en las más variadas formas: dibujitos, videojuegos, películas, series…

Y ahí es donde nuestra creatividad empieza a ausentarse. Y luego la gente me dice aquello de “quiero emprender, pero es que no se me ocurren buenas ideas porque no soy muy creativo” cuando en realidad de lo que habría que hablar es de que su creatividad está atrofiada como un músculo que hace años que no usamos.

Pero consumir en sí no es malo.

Yo leo muchísimos libros que me inspiran y exponen a nuevas ideas. Consumo información siempre que la necesito (intentando que no sea por mera adicción a la información) y veo vídeos para inspirarme y motivarme en mi propósito. Pero mucha de la información que consumo es con el fin último de crear.

Porque sí que pienso que tiene que existir un equilibrio entre consumir y crear.

Y cuando no se respeta ese equilibrio, cuando no se canaliza esa vena creativa innata que todos poseemos, entonces es el caldo de cultivo perfecto para no sentirse completamente realizado ni satisfecho y para atrofiar la Energía Doer que todos tenemos dentro y que al no estar en movimiento repercute a niveles mucho más profundos.

Todo lo que se estanca acaba oliendo mal.

Por eso, quiero hacerte una invitación a ti que eres creativo y estás leyendo estas líneas.

Quizás sea el ritmo de tu día a día el que hace que relegues tu creatividad a la última fila, o quizás sea el desequilibrio al consumir entretenimiento.

Da igual.

Pero te invito a que encuentres hoy tiempo para dejar tu creatividad volar libre, para ofrecerle al mundo tu mensaje a través de ella.

Quién sabe.

Quizás la próxima vez que mires hacia atrás en retrospectiva te sorprendas al ver que ese proyecto online que empezaste en la red después de leer aquel artículo, está ahora pagando tus facturas y tus viajes por el mundo, como me pasó a mí.

O que ese relato que retomaste aquel día, está ahora a punto de estar en las mejores librerías como novela para que más gente pueda disfrutarlo.

O que esa afición por la fotografía creativa que volviste a sacar a relucir está a punto de ser expuesta para deleitar a muchos.

De la misma forma en que yo no podía sospechar que aquellos tres meses en aquella remota aldea serían el germen de un libro que ayudará a mucha gente a vivir sus sueños.

Notas de este artículo:

  • La fotografía de portada es de uno de los increíbles atardeceres que tuve el privilegio de disfrutar en la isla de Negros, Filipinas.
Escrito por:

Victor Espigares

Autor del bestseller Móntatelo Por Internet. Fundador de VisualizeUs, la red social para gente creativa. Cuando no estoy explorando el mundo al revés o desafiando a la gravedad, escribo sobre cómo vivir una vida extraordinaria.

6 Comments

  1. Bravo. Me quedo con encontrar el equilibrio, en mi caso creo que me “infoxico” demasiado. Muchas newsletters en mi email que, aunque pueda aportar valor, si no es la información que estoy buscando en ese momento acabará olvidada.

    En cuanto a la creatividad, totalmente de acuerdo, además cuando te pide el cuerpo crear y no hay nada que diluya tus intenciones, es una sensación que mola ^_^

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    • Como bien dices, es un equilibro y siempre vamos a estar o en un lado o en otro, pero la cosa es ser conscientes y aspirar a encontrarlo siempre. Y sobre la sensación, vaya que si mola! jejeje!

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  2. maestro me encanto tu articulo, yo tambien siempre quise lanzarme a aprender artes marciales asi, me encantaria visitar esa isla de la que hablas y entrenar unos meses a parte de vivir la experiencia del viaje. Me podrias decir precisamente donde es? Quien es el instructor y demas? Te agradeceria! felicitaciones por el articulo

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    • Hola Francisco!

      Claro, la isla es la Isla de Negros y mi maestro fue GGM Ernesto Presas Jr. Aquí puedes verlo en acción junto con uno de mis instructores Jeff:

      https://www.youtube.com/watch?v=zZxooSkFQr4

      Espero que te sirva!

      Reply
  3. Hay algo en lo que no concuerdo.

    El adoctrinamieno de los niños está aparcado en el sistema educativo, no en el consumo de medios… creativos.

    En la televisión, los videojuegos, las películas, los libros es en donde se encuentra mayormente la creatividad. Sin creatividad, no hay arte que exista.

    Es muy fácil inventarse una historia de héroes o romántica con algún personaje de una película o libro que te guste.

    De hecho, toda mi vida estuve bajo la influencia del arte y me considero una persona que todo el tiempo vive creando nuevas historias. No disminuyó mi creatividad por jugar videojuegos o mirar caricaturas, todo lo contrario.

    No son estos tipos de medios los que matan la creatividad individual y colectiva, sino el mismo sistema educativo que educa a los niños como si fueran robots hechos en serie listos para emplearse por cuenta ajena (la creación de mano de obra que tanto se usaba en el siglo pasado).
    Si uno lo piensa, esto es una manera de tener a las personas dominadas, pues cuando una mente es creativa, se vuelve ágil y muy dificil de controlar por otros porque es impredecible y nunca se sabe con qué nueva idea va a salir.

    Saludos.

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    • Hola Celeste:

      Gracias por tu opinión 🙂

      Estoy de acuerdo parcialmente con lo que dices, sobre todo la parte del sistema educativo, pero creo que estás confundiendo “creatividad” con “imaginación”.

      Imaginación es el acto de imaginar algo: un posible final alternativo para una película o como tú dices, una historia de amor con el protagonista de un libro.

      Creatividad es la capacidad de materializar ideas, objetos u obras que antes no existían.

      Consumir medios no es una actividad creativa en sí misma.

      Que esos medios sean en formatos más o menos creativos, que es algo de por si debatible, como un videojuego o película, no hace que a la hora de consumirlo estés ejerciendo tu creatividad ni tan siquiera tu imaginación.

      Si no, todo el mundo sería super creativo e imaginativo, y claramente no es el caso.

      Ni tan siquiera cuando lees un libro estás ejerciendo la creatividad, aunque comparado con un videojuego o película si que estás practicando en mucha mayor medida la imaginación, ya que necesitas recrear la historia en tu mente y es la imaginación la que rellena los detalles (por eso cuando convierten un libro en película siempre se escucha aquello de “yo me imaginaba al protagonista así o asao”).

      En definitiva, imaginar no nos está garantizando crear ni el acto de la creatividad.

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